Desde la vida y la dignidad hacemos frente a tantos signos de muerte
40 años, 40 historias | Historia No. 2
27 años han pasado luego de esta imagen. Es la “Casa del Hijo del Carpintero”, el primer lugar que logramos como propio cuando nos llamábamos “Fundación del Pequeño Trabajador”. Sus paredes y corredores fueron modificados comunitariamente. Muchos muros se demolieron en mingas populares donde niños, abuelas, jóvenes y profes se dispusieron en proporciones e intensidades distintas, pero en igualdad de importancia y compromiso, para reconfigurar el sitio con entusiasmo y afecto hasta convertirlo en lugar festivo de encuentro, alegría, conversación y abrazo.
De lo alto pende una pancarta roja con letra amarilla. El rojo no es gratuito. Había que hacerse notar porque las palabras que allí dejamos fijadas nos hablaban de condiciones adversas que son una constante para muchas personas y comunidades, “Frente a la pobreza, la soledad, el rechazo y la muerte, nosotros los Nats, estudiamos, trabajamos, nos organizamos y exigimos nuestros derechos para que sean realidad”. Al mismo tiempo, nos recuerdan la convicción que ya desde aquel entonces nos acompañaba: es desde la vida y la dignidad que es posible hacer frente a tantos signos de muerte.
Vamos un paso a la vez: era 1999 y ya teníamos 13 años de camino al lado de las infancias populares; los niños y niñas de los barrios. Con ellos y sus familias emprendíamos acciones donde el diálogo, el cuidado, el mutuo reconocimiento, nos permitían crear las condiciones para ponerle cara al empobrecimiento y la degradación humana. Los NAT´s, esto es, los Niños, Niñas, Adolescentes Trabajadores, se figuraban como el escenario de las voces de las infancias organizadas en América Latina, quienes desde una lectura crítica de la realidad, cuestionaban un paradigma universalista de vivir la infancia. Sus reflexiones ponían preguntas del tenor de si el trabajo era sinónimo de explotación, o si se trataba de dos enunciaciones que precisaban francas distinciones.
Los NAT´s anunciaban desde ese tiempo el valor del trabajo como parte de la fuerza identitaria de nuestros pueblos; como el socorrido llamado a entender que hay cosmovisiones plausibles desde las comunidades campesinas e indígenas en donde es legítimo el papel de niños y niñas en distintos oficios que contribuyen a estrechar los lazos con los que entienden como suyos y que alientan valores como el altruismo, la solidaridad y el trabajo colectivo. En esa comprensión, el trabajo se corresponde con tantos otras acciones que procuran el desarrollo integral de los sujetos no solo en su dimensión material sino también en la social, intelectual, cultural y espiritual.
Paralelamente hacían fuertes cuestionamientos a la matriz ideológica de la productividad y anunciaban que la explotación (diferente del trabajo), es la diáfana expresión de un sistema que pondera la acumulación como centro de la vida. Desde la explotación el sujeto queda relegado, postergado, subsumido. Ya veían los NATs desde aquel entonces que la cuestión no era el trabajo per se, eran las condiciones. Hoy sabemos que hay tal nivel de distorsión de este sistema, que asistimos a la auto-explotación y ya ellos tres décadas atrás desde sus propias experiencias vitales, tenían una mirada aguda para advertir su trasfondo.
Tras el paso del tiempo y con la madurez de la experiencia y las reflexiones, bien podría decirse que también la cuestión gira en torno a la motivación, es decir, ¿para qué trabajar? Para aquellos niños que se organizaban, la acción de trabajar en condiciones adecuadas a su edad permitía aumentar su sensibilidad frente a la precariedad de vida de ellos y sus familias; permitía ampliar su experiencia escolar al potenciar tantos otros tipos de inteligencia: una inteligencia social, afectiva, espacial, entre tantas otras. Permitía reconocerse como sujetos afectados por el influjo de condiciones sociales, económicas y políticas de las que no podían simplemente sustraerse por cuenta de su edad, como equívocamente se sigue creyendo. ¡No!, también aquellos niños experimentaban en su propia carne los rigores de la injusticia social y se sentían impelidos a expresar sus propias ideas sobre esa realidad y a hacer viva la premisa a la que solo una década atrás, en 1989, los estados del mundo empezaban a aproximarse: que los niños y niñas son sujetos de derechos. Ellos, los NATs ya se habían anticipado a tal principio desde el sur global y sus reflexiones hablaban de sus biografías como niños y como parte de las clases populares.
¿Con quiénes interlocutaban? otro paso más: los niños, niñas y adolescentes de esas generaciones, intercambiaban su visión sobre el mundo obrero junto a la Pastoral de los Trabajadores que aglutinaba a las organizaciones comunitarias como Fundación Mutua, a la Juventud Obrera Cristiana, a los comedores comunitarios, a las mujeres y hombres de los barrios. Esas infancias con genuina experiencia ponían fuertes cuestionamientos al diálogo intergeneracional en una sociedad abiertamente adultocéntrica, ¡no era una contribución menor! Prueba de esa necesaria, creativa y nutrida conversación es que al lado de la pancarta roja, se posa una blanca, elaborada por la Comunidad de las Hermanas Juanistas y los Hermanos de la Caridad. En ella ponía: “Alternativas solidarias, esperanza para los sin trabajo”. En ese momento, como lo es hoy también, los valores propuestos por la economía solidaria marcaban un mapa de ruta colectivo, una otra matriz de valores cuyo centro era la persona, y con ella, la vida toda. Frente a una condición precarizada y hasta inexistente de trabajo, la respuesta eran los emprendimientos económicos que permitían no solo el sustento material sino el despliegue de relaciones más horizontales entre amigos, entre familias, entre literalmente los sin trabajo.
Este camino ha estado hecho de ideas, si, pero las ideas son personas. Por eso en esa imagen está Felipe Toutlemonde, un religioso francés que se insertó no tanto en América Latina, como en Patio Bonito en particular, un barrio que para ese entonces era el “de las dos mentiras” porque se decía que ni era patio, ni era bonito. En los años en los que la ronda del río Bogotá se veía continuamente inundada al estar topográficamente conformada por pendientes y tener un drenaje lento y encharcable. De esa época data la labor de Felipe y los hermanos de su congregación, transportados en bicicletas, trabajadores de fábricas como cualquier otro poblador del sector y acompañando la experiencia de fe de sus comunidades inspirados en el anuncio de la Buena Noticia de un Jesús obrero, que también lo fue; ese Jesús que cuando niño realizaba tareas como pulir la madera en el taller de José, su padre. Si, era el hijo del carpintero.
Aparecen además en la imagen cuatro religiosas de la comunidad de las Hermanas de San Juan Evangelista, más conocidas como “Las Juanistas”: Olga, Esther, María y Carmen, cuya inspiración era y sigue siendo la promoción social de la juventud trabajadora. Instaladas también desde su experiencia en la persona de Jesús, las Juanistas abanderaban una vida sencilla al tiempo que movilizadora para la muchachada de ese momento, alentando siempre la creación de proyectos de vida para los jóvenes que, también en aquel entonces, enfrentaban barreras de acceso a mínimas oportunidades de empleo y educación. Si, también en esa misma imagen están los rostros de cinco niñas y adolescentes, Ana, Sandra, Sara, Yuleidy y Juana parte de esas NATs que se pensaban a sí mismas y pensaban su realidad para transformarla.
Ese retrato nos comunica muchísimo en lo que logra capturar, pero sobre todo nos deja una insinuación aún más profunda en lo que no logró quedar plasmado allí para la posteridad. Primero como espectadores nos deja señalado el rastro de la festividad del día con la carpa que alcanzamos a ver. ¿Cuántas personas más estuvimos ese día? ¿De qué hablábamos? ¿Qué nos motivaba a estar allí en ese convite? ¿Por qué merecía la pena juntarnos? Era la icónica fiesta del primero de mayo, día de los trabajadores que para la Fundación Mutua fue y sigue siendo un signo de vida, presencia y resistencia desde el mundo de los trabajadores que se saben dignos y llamados a construir sus proyectos de presente y futuro. Hablábamos de la necesidad de construir una sociedad viable, posible, donde todos quepamos. Compartíamos en medio de la celebración festiva y cultural que tuvimos ese día; esa actitud que siempre ha hecho parte de las tradiciones de esta casa, la alegría de tejer con otros. Nos movilizaba la gratitud por ser comunidad; el corazón estaba henchido por reconocernos portadores de conciencia, de trabajo, de organización.
Si hoy recuperamos esa instantánea para leer lo que vamos siendo, podemos regocijarnos porque tras el paso de los años, nuestra fidelidad a la vida sigue intacta. Mientras celebramos cuatro décadas de camino, la coyuntura histórica también nos sitúa en el debate del tipo de sociedad que queremos construir en los siguientes cuatro años en el país. Las condiciones del presente han mejorado en relación con lo que la fotografía retrata. Esto es así porque desde los barrios y las calles logramos apoyar un proyecto de sociedad más equitativa. Es una realidad, no es solo un discurso. En todo caso, las reflexiones de ese momento siguen vigentes porque lo que hoy hemos comunitaria y colectivamente alcanzado merece ser cuidado, potenciado y sostenido.
Como Fundación Mutua y gracias a tantas personas, experiencias y proyectos que nos han alentado en estas cuatro décadas, es que celebramos un camino ininterrumpido de amor, dignidad y espiritualidad como principios; de la comunidad como eje de la acción; del cambio y la transformación como propósito. Hemos persistido y seguiremos convocando a ser, estar y sentipensar coherentemente desde la palabra que alienta, desde el abrazo que abriga, desde la posibilidad que construye realidades, desde el cuidado por todo lo vivo presente y futuro como una forma de ser persona; como un horizonte de sentido.
Somos Fundación Mutua
¡Comunidades que transforman!
Luz Stella Talero
Directora
Fundación Mutua
